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LOS PRIMEROS TIEMPOS - LA EDAD MEDIA - EL ISLAM - EL RENACIMIENTO HISPANO - LA LARGA DECADENCIA - 1898 - EL SIGLO XX
 

LA EDAD ANTIGUA


LOS PRIMEROS POBLADORES

 

 

 

Los más ortodoxos cristianos, judíos y musulmanes afirman que los primeros pobladores de nuestra Hispania fueron Tubal y Tarsis, descendientes de Noé. Sin pretender menospreciar la valía religiosa de este argumento los historiadores actuales sugieren otras teorías. Algunos creen que el paraíso terrenal estuvo en Sevilla. Lo cierto es que nuestra península estuvo habitada desde muy antiguo. Se supone que los primeros pobladores vinieron a nuestra tierra hacia el 3.000 A.C, lo más probable provenientes del Norte de Africa. Es muy importante esta pregunta ya que todavía no se sabe a ciencia cierta si Africa empieza después de los Pirineos o no. Parece ser que en el 2.500 A.C. existía una civilización el la zona de Al Mería, que se extendía hasta Málaca por el occidente y Al Licante por el oriente. Esta cultura es famosa por su cerámica y sobre todo por sus monumentos megalíticos como la cueva de Viera en Antequera. Estas asombrosas construcciones de piedra, verdaderas catedrales prehistóricas las encontramos también en las Baleares. La Naveta dels Tudons y el Talatí de Dalt, ambos en Minorca, sugieren una cierta prolongación de la cultura Al-meriense hacia las islas. Son monumentos impresionantes que evocan una época remota. Es muy posible que existiera un rudimentario comercio marítimo, navegando en troncos ahuecados a la manera de canoas.
 

Aproximadamente en la misma época floreció en las montañas del norte otra cultura conocida como Asturiense. Todo el mundo conoce el famoso toro de Altamira con las dos lanzas clavadas a la manera de banderillas, de lo que se deduce que la fiesta nacional es mucho más antigua de lo que parece.
 
 


Esta cultura era más rudimentaria que la Al-meriense, vivían en cuevas y comían marisco y pescado fundamentalmente. Es muy probable que el gusto de los hispanos por el pescado y la mariscada provenga de esta época. Los asturienses se extendieron por el Euskadi francés y también llegaron a Galicia, originando la cultura de los Castros de la que tanto ha escrito Rosalía del mismo. Por estos datos podemos deducir que siempre ha existido una Hispania del Norte y otra del Sur. Fueron otros terceros pueblos los que amasaron esta pasta común que es nuestra Hispania.
 
 

TARTESSOS FRENTE A FENICIOS Y GRIEGOS

El genuino carácter hispánico culminó con la creación del imperio tartésico del que poco se sabe y mucho se habla. Parece ser que algunos disidentes de la cultura Al-meriense decidieron emigrar hacia el oeste e instalarse en la desembocadura río llamado Tartessus, hoy conocido como Guadal-Kivir.

 

Tartessos fue el primer estado organizado que se formó en la península hacia el segundo milenio antes de nuestra era y adquirió una importancia política, económica y cultural de primer orden. El país de los tartesios es citado con bastante frecuencia en la Biblia. En el primer Libro de los Reyes (X, 22) se mencionan las naves de Tarsis que cada tres años traían oro, plata, marfil y pavos reales.
 

Quizás el carácter más peculiar de esta civilización fue el matriarcado. Antiguas leyendas narran una revolución de las mujeres que decidieron no hacer el amor con sus maridos hasta que les dejasen gobernar por un año. Las reformas realizadas, especialmente en urbanismo y agricultura, tuvieron tanto éxito que se decidió optar por un nuevo sistema político feminista. Tartessos sólo tuvo reinas como dirigentes políticas, mientras que el rey consorte cumplía un rol reproductor. Tartessos se extendió por toda Al Andalus con una política de anexión no violenta. A los pueblos íberos circundantes se les ofrecían riquezas y cultura con la sola condición de elegir una alcaldesa que trataría directamente con la reina en un congreso anual.
 

El auge del imperio tartésico tuvo mucho que ver con la llegada de los fenicios, pueblo comerciante proveniente del lejano Tiro. Desde los puertos fenicios partían flotas comerciales en busca de nuevos mercados en las costas del Mediterraneo. Su primer objetivo fue Chipre y Egipto. Después llegaron hasta Sicilia y Túnez. Pero donde realmente sus esfuerzos se culminaron fue en Hispania. Las noticias sobre el reino de mujeres en el curso inferior del Guadal-Kivir les intrigaron sobremanera. Pero lo que realmente les decidió a crear factorías comerciales fue la abundancia de plata, metal que en oriente se valoraba más que el oro. La reina de Tartessos, la famosa Argentaria, curiosa como toda mujer, envió emisarios para establecer relaciones comerciales e invitarles a su palacio. Cuenta le leyenda que la recepción fue suntuosa y que los fenicios no salían de su asombro ante este nuevo y desconocido reino más allá de las columnas de Hércules. A la reina le interesó sobremanera las bellas telas púrpura que trajeron los fenicios y decidió intercambiar regularmente tan bellos presentes por plata y estaño. Los fenicios fundaron Malaka y Gadiz en el año 1100 a.C. y comenzó un largo periodo de intercambios comerciales y culturales. Los fenicios tenían mucho que ofrecer y la reina Argentaria lo sabía. Hizo que los fenicios enseñaran a sus artesanos la manera de construir barcos muchos más sólidos que sus primitivas canoas y, sobre todo, el arte de navegar. Algunos historiadores creen que el alfabeto proviene de los fenicios aunque lo más probable es que fueran los tartesos quien enseñaran a los fenicios esta nueva manera de plasmar en barro sonidos fonéticos en lugar de ideas pictográficas. Por desgracia nadie ha podido descifrar hasta ahora la escritura tartesia aunque esperamos que en un futuro próximo algún arqueólogo lo haga.

El intercambio comercial entre Fenicia y Tartessos fue muy fructífero y con el paso de los años más y más fenicios llegaron a Gadiz para instalarse. La reina Argentaria, ya anciana, comenzó a preocuparse por tal avalancha, con el consiguiente peligro de invasión. Para los fenicios sería mucho más fácil apropiarse por la fuerza de las minas de estaño y plata en lugar de comerciar para obtener los preciados metales. Un día tuvo una genial idea. Decidió que no era bueno que los hombres vivieran solos en sus colonias y promulgó un decreto que obligaba a todo extranjero comerciante a casarse con una mujer tartesa si quería seguir comerciando. Los fenicios no pusieron pegas ante lo que consideraban un regalo. En tan solo dos generaciones la población fenicia fue totalmente asimilada y la lengua tartesa (de la que tan solo quedan algunos escritos aún no traducidos) sustituyó a la fenicia.

Fue una descendiente de Argentaria, la reina Geriá, quién mando construir una numerosa flota con áncoras de plata que envió al sur con la misión de descubrir nuevas tierras y tesoros. La odisea de esta flota es un misterio. Parece seguro que descubrieron un archipiélago en las costas africanas al que llamaron Islas Afortunadas o Islas de los Canarios, por todos los pájaros de esta especie que allí habitaban. Lo cierto es que los siguientes años supusieron un incremento inusitado del comercio con aquellas lejanas islas. De este archipiélago trajeron abundante oro, extraños tocados de plumas de los que tan solo quedan algunos dibujos y una misteriosa bebida llama Chachao. En 1991 el antropólogo noruego Thor Heyerdahl descubrió seis pirámides escalonadas en Güímar, Tenerife. Debido a su peculiar estilo, que recuerda a las construcciones mayas, escribió un libro en el que sostiene el descubrimiento americano de las Islas de los Canarios y el establecimiento de intercambios comerciales con los Tartesos. Teoría arriesgada y todavía no probada. Heyredahl afirma que durante casi un siglo barcos de juncos salieron del golfo de México y llegaron hasta este archipiélago, donde buques tartesos les esperaban para intercambiar mercancías. ¿Fueron las Islas Afortunadas la legendaria Atlántida descrita por Platón? El enigma histórico permanece por descifrar.

Los tartesos mantuvieron en secreto esta línea comercial y atacaron cualquier barco que se adentrara por aquellas aguas. Los fenicios decidieron no arriesgarse y buscaron nuevas rutas hacia el norte, dónde encontraron el preciado estaño en Bretaña y posiblemente también en Inglaterra.

A comienzo del primer milenio a.C. los Celtas invadieron la península por el norte. No se trataba de una invasión en el sentido estricto del término, sino más bien una ocupación colonizadora. Los primitivos pueblos íberos se vieron desbordados por los nuevos colonos que no dudaron en reclamar por las armas tierras y villas. Inconscientemente los Íberos aplicaron la misma política que Tartessos con los fenicios. Celtas e Íberos se mezclaron dando lugar a los pueblos celtíberos que recogieron lo mejor de las dos culturas. Tartessos se mantuvo a salvo de esta invasión ya que los Celtas nunca traspasaron Sierra Morena.

En esta época llegaron también a las costas catalanas los helenos. Descendientes, en cierta manera de los navegantes cretenses, decidieron competir con los fenicios y alcanzar la mítica tierra de Tarshish, nombre bíblico de Tartessos. Los griegos nunca llegaron a comercial directamente con los tartesos ya que los fenicios lo impidieron militarmente. No obstante su influencia en Hispania fue muy importante. Partiendo de Massalia (Marsella) fundaron la ciudad de Ampurias, llamada en aquellos tiempos Empúries que significa mercado de lo bueno, bonito y barato. Con el paso de los años fueron descendiendo por el litoral mediterráneo, fundando prósperas colonias. Los griegos fueron muy buenos urbanistas y aplicaron técnicas de urbanización en cuadrícula que asombraron a los Íberos. Su arte fue muy apreciado y se han encontrado estatuas griegas en muchos lugares de Al-Andalus. La más famosa sin lugar a dudas es la Madame de Elche, encontrada por casualidad en esta aldea que situada en el límite de expansión de las colonias griegas. Parece ser que fueron artesanos tartesos que imitaron el estilo griego para esculpir el retrato de la reina Geriá.

Este implacable avance cultural asustó a los fenicios, los cuales se aliaron con el incipiente imperio cartaginés para derrotar a los griegos en el 535 a.C. en Alalia. Paradójicamente esta victoria supuso el fin de los fenicios en Hispania. Los cartagineses decidieron apropiarse de sus colonias y enviarles a la madre patria con todos los honores.

Una nueva época se anunciaba. Griegos y Romanos habían decidido instalarse en la península?

CARTAGINESES Y ROMANOS. LAS GUERRAS PÚNICAS

Cartago extendió su soberanía sobre todo el Mediterráneo occidental paulatinamente. Antigua colonia fenicia muy pronto se independizó de la metrópoli. Tras su victoria sobre los griegos en Alia expulsó a los fenicios de Hispania y consolidó su imperio comercial. Sus relaciones con Tartessos fueron tensas. La política de mestizaje seguida por las reinas de Tarshish no funcionó tan bien como con los fenicios. Los cartagineses preferían no mezclarse con la población local y trajeron sus propias mujeres para evitar problemas. En un primero momento les bastó consolidar su dominio de las costas hispánicas, imponiendo precios bajos a la plata y estaño de Tartessos. Hábiles gestiones diplomáticas evitaron durante casi siglos la anexión de Tartessos manu militari. Con la riqueza conseguida en Hispania construyeron flotas que conquistaron las Baleares, Córcega y Cerdeña. Sicilia quedó dividida entra Cartago y las colonias Griegas. Pero esta formidable expansión les llevó a enfrentarse con otro imperio en formación: Roma.
Dos colosos frente a frente. La única salida era la guerra. Comenzaron así las llamadas por los romanos guerras púnicas, ya que para ellos los Cartaginenses eran poenii o hijos de ?fenicios. Los historiadores contemporáneos prefieren llamarlas humorísticamente las guerras de las quinielas por su resultado: 1 - X - 2.

La primera guerra estalló en Sicilia, territorio dividido entre Cartago y las colonias griegas. El asedio de la ciudad de Messina por un general cartaginés hizo que Roma se proclamara protectora de la Magna Grecia. En un principio el destino sonrió a los romanos, ganando casi todas las batallas terrestres. No obstante Cartago venció en el mar con su experimentada flota. Parecía que la partida quedaba en tablas, pero fue en Hispania donde se gestó la derrota romana. El senado envió un gran ejército por tierra con la vana esperanza de destruir totalmente el poderío cartaginés en nuestra península. Las tropas sufrieron grandes pérdidas al atravesar el Midi francés, siendo hostigados continuamente por los galos. No obstante, siguieron adelante. Almircar Barça acaudillaba los cartagineses. Hábilmente reagrupo a su ejército y se enfrentó a los romanos en el lugar que ahora ocupa Barcelona (ciudad que toma el nombre precisamente de este general). La derrota romana fue total y la prudencia exigía la paz. Roma no salió muy mal parada de esta primera guerra. Perdió Sicilia y se comprometía a pagar 3.200 talentos como indemnización. El senado romano consideró esta paz en el 241 a.C. como un armisticio y se preparó para una nueva guerra.

Si la primera guerra púnica se inició en Messina, la segunda lo hizo en Sagunto, ciudad del Levante Hispánico. La política de Sagunto la compartían dos facciones: la de los romanos y la de los cartagineses. Roma invirtió 1.000 talentos para conseguir que su partido alcanzase el poder definitivo. Los cartagineses lo descubrieron y decidieron castigar a Sagunto. Fue Aníbal, el hijo de Almircar Barça quién puso sitio a la población en el año 219. Ocho meses duró el asedio sin que la población recibiese ayuda militar. De hecho los romanos tenían miedo a mezclarse en otra guerra, aunque multiplicaron sus contactos diplomáticos en busca de otros aliados hispánicos. Para hacer honor a la verdad, los cartagineses no eran muy apreciados entre los pueblos íberos. Tartessos, por mencionar a la civilización más desarrollada, había perdido mucho de su antiguo esplendor gracias a la rapiña púnica. Sus minas de plata y estaño más productivas pertenecían ahora a Cartago. Su antiguo comercio con las Islas de los Canarios había desaparecido como por encanto. Los barcos extranjeros provenientes de más allá del océano dejaron de venir con sus maravillosas mercancías. Muchas empresas cerraron y el desempleo aumentaba. Ante tal situación catastrófica los gobernantes tartesos se dejaron seducir por el oro romano y declararon la guerra a Cartago. Existían un acuerdo secreto entre Roma y Tartessos de mutua asistencia en caso de guerra. No fue muy difícil para Aníbal conquistar en pocos meses la totalidad del mítico reino de Tharsish, destruyendo por entero su capital y deportando a gran parte de su población como esclavos. El salvaje acto soliviantó los ánimos del pueblo romano y estalló la conflagración. Los romanos se habían preparado a conciencia para ella. Se había construido casi en secreto una gran flota de guerra que ocupó las Baleares, Córcega y Cerdeña. Sicilia se conquistó en tan solo dos meses, borrando la afrenta de entregarla al finalizar la primera guerra púnica. Roma, que en el periodo de entreguerras había sometido todo el Midi, ocupó casi sin luchar el poblado de Barcelona, recuperando otro bastión perdido. Sus tropas descendieron por el Levante hasta llegar a Sagunto y liberarla. Parecía que el destino sonreía Roma, pero no contaban con el genio militar de Aníbal. Este hábil general tuvo la genial idea de atacar a Roma en la retaguardia, atravesando los Pirineos con sus elefantes de guerra. Hecho épico, tantas veces recordado. Muchas fueron sus pérdidas en el estrecho paso de Roncesvalles, pero una vez en territorio galo atacó a los romanos, derrotándoles. Roma perdió en una batalla lo que tanto tiempo le costó conquistar guerreando contra los temidos galos. Roma necesitaba urgentemente un general de la talla de Aníbal, y lo encontró en Escipión, llamado el hispánico. Apoyándose en su poderosa flota de guerra asedió Cartago Nova, capital púnica en Hispania. Antes las urgentes llamadas de auxilio, Aníbal retornó precipitadamente. Tras algunas escaramuzas, Escipión levantó el sitio, retirándose a Tartessos y declarándolo reino independiente bajo su protección. La flota de guerra romana ocupó algunas ciudades costeras y evitó el suministro de las tropas cartaginesas desde la metrópolis. Viendo su ejército diezmado, la flota comercial hundida y sin posibilidad de dar un golpe de gracia que cambiara el rumbo de la guerra Cartago solicitó la paz que Roma aceptó gustosa. Fue una partida en tablas, pero Roma sacó buen partido: todas las islas del mediterráneo occidental y la promesa de mantener un estado tartésico independiente. Roma, a su vez, se retiró de la península hasta el Ebro. Río que constituyó la nueva frontera.

Durante el periodo de entre guerras Cartago puso especial énfasis en conquistar todo el territorio hispánico que le otorgaba el tratado de paz. Asdrubal, hermano de Aníbal, se dedicó con todo su afán a tal ingente tarea. No fue una conquista fácil. Viriato, un pastor luisitano, dio muchos quebraderos de cabeza al ejército Cartaginés. Solo la traición puso fin a su resistencia. La ciudad de Numancia también se enfrentó a sus ejércitos. Fueron necesarios 60.000 hombres frente a tan solo 8.000 defensores para doblegar la resistencia. Después de quince meses de sitio y faltos de víveres los numantinos llegaron a comer carne humana. Orgullosos hasta la muerte se negaron a rendirse y prefirieron arrojarse a las llamas con sus riquezas, mujeres e hijos. Cuando Asdrubal entró en Numancia tan solo encontró una inmensa hoguera.

Roma observaba preocupada todos estos incidentes, pero la muerte de Aníbal en su casa de Cartago Nova alejó sus temores. El mapa político de Hispania en aquellos tiempos era bastante complejo. Cartago ocupaba casi toda la península hasta el Ebro. Cataluña pertenecía a Roma. En el norte habitaban pueblos celtíberos protegidos por el terreno montañoso. Tartessos continuó siendo independiente, pero su comercio estaba controlado por los cartaginenses, impidiendo su renacimiento económico.

La última escena de esta sangrienta contienda entre los dos colosos también sucedió en nuestra Hispania. Pero paradójicamente no fue una ciudad sitiada la que hizo estallar la guerra, sino una mujer. Nos referimos al romance entre Julio el César y Cleo, apedillada Patrás, reina de Tartessos. Mucho se ha escrito sobre este apasionada historia de amor. La mitad meras fantasías. Nos limitaremos a relatar los hechos tal como ocurrieron.

Cleo de Patrás fue la última reina de Tartessos. Mujer inteligente y hermosa fue muy pronto consciente de que vivía el fin de su imperio. La tenaza económica de Cartago ahogaba poco a poco a su reino. Nada podía hacer por la fuerza de las armas, tan solo su inteligencia podría salvarla. Lógicamente buscó en Roma su salvación. Con la excusa de presentar sus respetos al senado romano un impresionante cortejo salió en barco desde Gadiz bajo la suspicaz mirada de los Cartagineses. Tras desembarcar en el puerto de Ostia espero unos días sin dejarse ver para hacer que su llegada coincidiera con el aniversario del fin de la segunda guerra púnica. Su entrada en la ciudad de las siete colinas fue suntuosa. Abrían el cortejo cuatro enormes elefantes del Atlas portando estandartes romanos y los colores de Tartessos. Seguían más de doscientos sirvientes ataviados con las mejores galas y portando diademas de oro. En el centro un enorme y pesado carro en forma de pirámide con la reina Cleo en la cúspide que arrojaba monedas a la plebe durante todo el trayecto. Hay que decir que la reina gastó casi la mitad del tesoro de Tartessos en tal alarde. Se lo jugaba el todo por el todo. El pueblo romano estaba encantado y durante varios meses se habló del magnífico espectáculo. El recibimiento del senado fue, sin embargo, bastante frío. No se dejaron impresionar por tanta riqueza y trataron a la reina con cortesía, pero sin ninguna concesión. Sabían muy bien lo que quería la reina, el apoyo incondicional romano para acabar con el bloqueo económico que ahogaba a su pueblo. Ciertamente existía un acuerdo de paz que garantizaba la independencia de Tartessos, pero nada decía de sanciones económicas. Lo único que consiguió fueron evanescentes promesas de ayuda en el caso de que su reino fuera ocupado militarmente por Cartago. Lo más seguro que fue el miedo a una larga y costosa guerra lo que predispuso al senado en su contra. O quizás el oro cartaginés hábilmente repartido entre los senadores más influyentes. Cleo estaba desesperada. Había gastado casi toda su fortuna sin conseguir nada. En un último intento dio una gran fiesta antes de su partida a la que invitó a los más importantes políticos y militares romanos. Fue esta última noche cuando conoció a Julio Cesar y su destino cambió.

Tanto se ha escrito sobre este encuentro histórico, que poco más puedo decir yo al respecto. Algunos hablan de un filtro de amor hábilmente vertido en la copa del joven Julio. Otros creen en el puro romanticismo arrebatado de un amor a primera vista. Lo cierto es que tras una noche apasionada Cesar visitó a Cleo en Tartessos acompañado tan solo de su guardia pretoriana. Salió de noche sin avisar al Senado, lo que complicó mucho la situación. Fue sin lugar a dudas un acto irresponsable de un general impulsivo, conquistador de las Galias y demasiado seguro de sí mismo. Cartago protestó enérgicamente y movilizó tropas. Antes de que el senado reaccionara, Cesar utilizó hábilmente el resto del tesoro real y equipó al ejército lo mejor que pudo. La guerra era inevitable. Cartago atacó Tartessos y fue derrotada ante el asombro de todos. Julio Cesar utilizó este desconcierto y avanzó rápidamente. Lo mismo hicieron sus tropas situadas en la baja Galia. La tenaza era incontenible, anticipo de la Blitz Krieg. En tan solo un mes asedió Cartago Nova, tomándola por la fuerza. El senado romano tuvo que aceptar los hechos consumados y empleó la poderosa armada en bloquear la costa de Al Andalus. Cartago perdió toda Hispania en un golpe de mano audaz y victorioso.

Cleo salvó su reino. Julio Cesar se quedó en Tartessos varios meses, los suficientes para que Cleo se quedara en cinta. Aun sin saberlo Cesar cruzó en estrecho y atacó a Cartago, en Africa. Su ejército bien equipado conquistó la misma ciudad de Cartago tras un breve asedio. Delenda est Cartagho. Tras la victoria total regresó a Roma donde después de una entrada triunfal fue asesinado por su hijo adoptivo Brutus en los hidus de Marzo. El guerrero murió en el día de Marte cumpliendo la profecía. Largas investigaciones históricas corroboran que fue el mismo senado quien dio la orden de asesinar al peligroso general. Brutus no pretendía tomar el poder sino salvar a Roma de un emperador divinizado. Tras la muerte de Cesar la plebe se levantó buscando justicia. El senado estaba en una situación muy comprometida y necesitaba que el ejército asegurara el orden. Fue un momento clave en la historia del mundo. Cleo decidió ocultar al mundo el nacimiento de Cesarión y esperar a ver como transcurrían los acontecimientos. En Roma, Marco Antonio se afirmó en el poder con el beneplácito del senado e hizo juzgar a Brutus. El que traicionó a Cesar fue también traicionado y murió en la horca.. Hay que ponerse en la piel de los personajes para entender la fuerza del drama. Cleo, temiendo perder todo lo que había ganado, invitó a Marco Antonio a Tartessos. Roma era dueña de gran parte del mundo conocido y el senado envío al nuevo general con la misión secreta de continuar camino hacia Cartago y desde allí conquistar Egipto. Parece ser que Marco Antonio se enamoró de Cleo, la mujer más bella del mundo civilizado según todos los cronistas. Olvidó la misión y permaneció en Tartessos varios meses. Los intercambios culturales se incrementaron mucho entre ambos lados del Mediterráneo occidental al que se le llamó Mare Nostrum.

El resto de la historia transcurrió fuera de nuestra península. Las presiones del senado y del propio ejército hicieron que Marco Antonio abandonara Tartessos y se encaminara a Cartago. Intentando emular los pasos del genial César atacó Egipto pero fue derrotado.

LA UNIÓN MEDITERRÁNEA

Cesarión, el hijo de Cleo y Julio Cesar, dio un giro inesperado a la historia del mundo antiguo. Educado en la cultura clásica romana, hablaba latín, íbero, fenicio y griego. El nuevo rey decidió entregar Tartessos a los romanos pero manteniéndose él mismo como Gobernador General. El mismo ejemplo siguió años después el filósofo hispano Séneca.
La anexión voluntaria supuso el pago de impuestos al gobierno central y beneficiarse de una economía protegida en el área romana. Libre circulación de mercancías, capital y mano de obra. La marina romana limpió el Mediterráneo de piratas y salteadores. Las relaciones entre Hispania y Roma se multiplicaron por siete. También Cartago participó en el proceso, aunque bajo gobierno militar romano.

Poco a poco la Unión romana se fue expandiendo. Grecia, cuna de la democracia, se sumó a la Unión Mediterránea. Egipto también lo hizo. En el plano político, el senado se encontraba en un continuo conflicto con el ejército que decidió resolver con campañas exteriores de expansión. No obstante hubo algunos golpes militares. Hábilmente el senado creo la figura del Cesar conquistador cuya misión era agrandar el imperio y la Unión Mediterránea. Cualquier militar de carrera era aspirante al título. Esta competencia positiva funcionó durante varios siglos implantando el concepto de la UM y SPQR. El senado se convirtió en un inmenso imperio de países federados y ocupados militarmente. Respecto a los pueblos conquistados la táctica que se siguió fue la de permitirles formar su propio autogobierno bajo jurisdicción romana. Fue época de prosperidad y riqueza. Probablemente el primer impacto económica fue el de la moneda única o Denarium. En el latín vulgar se deformó formando las palabras Denario, Dinero, Deneuro y finalmente Euro.

El comercio marítimo fue global en el entorno mediterráneo. La Unión Romana era un éxito económico. Las mercancías fluían en el Mare Nostrum. Se invirtió mucho oro en infraestructuras, especialmente en calzadas. Se fomentó la creación de ciudades. Hispalis, la antigua capital de Tartessos tuvo un esplendor comparable a la misma Roma.

Pero con el paso del tiempo las dificultades con los pueblos bárbaros aumentaron. El Imperio Romano y la Unión Mediterránea se escindió en dos partes: Oriente y Occidente.

Hispania quedo en la órbita occidental con Roma como capital administrativa. Caput Mundi. El ejército combatía en Germania y Escocia contra pueblos bárbaros en constantes guerras entre ellos mismos. La idea de paz y progreso económico no les interesaba. Pero si querían repartir las riquezas. Algunos jefes se dejaron sobornar por romanos, muchos jóvenes emigraron con la decisión de triunfar. Los generales romanos fomentaban las guerras externas. El espíritu de conquista se había perdido en la casta militar romana. Ya no aspiraban a conquistar fama y gloria sino asegurar su supervivencia como gobernador de un territorio fronterizo. Atila, rey de los Hunos atacó el imperio Oriental y Occidental, arrasándolo todo. Sólo el papa pudo detenerle en Roma. Este misterioso milagro fue utilizado por la Iglesia para reafirmar su poder ante el derrumbe del poder político. Siguiendo el ejemplo de Atila, otros pueblos invadieron el imperio. La Unión Mediterránea no pudo resistir el empuje y sucumbió estrepitosamente. Pueblos invasores que tomaban por la fuerza las riquezas deseadas. Fue una catástrofe que también llegó a Hispania. Comenzaba una nueva época.